Al carajo con el destino

Hace días que la memoria me trae el recuerdo de un hombre que fué pastor. Estaba predestinado a ello, pero mandó al destino al carajo, y abandonó el chozo. Nunca renunció a sus orígenes, y hablaba de aquel oficio y de sus compañeros con orgullo. Desde muy niño tuvo que andar a solas por el monte, y aprendió a leer y escribir casi sin ayuda. Cuando tuvo edad se marchó del campo. Fué albañil, minero, operario de fábrica, tendero. Y acabó sus días guiando a gente por un museo. Fué ese trabajo, guía de museos, el que más le gustó. Debe de ser que se sabía destinado a no visitar un museo en su vida, que le habían trazado el camino de la ignorancia, y él lo rechazó. Tuvo que andar mucho, tuvo que irse de su país, tuvo que leer casi a escondidas, por que le tocó vivir una época en la que ser pastor y saber leer era casi un delito, pero no le importó. Murió a los pocos años de jubilarse, quizás por que no podía estar sin su trabajo, o puede ser que un corazón tan grande como el suyo, ya no le cabía en el pecho. Hace días que no hago otra cosa que pensar en él.  
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