Hojas al viento.

Salem toma el sol en la ventana, y mira atento y curioso las hojas que el viento arrastra y eleva por encima del asfalto y el cemento, insensibles al paso del tiempo. Las hojas giran en el aire, ingrávidas, y se alejan presurosas hacia los pinares de Gardeny. Parece que quisieran alejarse cuanto antes de la selva de cristal y hormigón, del bullicio de la ciudad, para reposar y fundirse con la tierra fértil del bosque. En la ciudad el otoño titubea, no se decide a llegar. Hoy me doy una vuelta, mañana me escondo en cualquier esquina, esta tarde hace frío, mañana el sol ilumina y calienta todos los rincones. Sabias hojas y sabio viento, que saben que el tiempo en el bosque no se detiene, que allí todo llega cuando tiene que llegar, que las cosas, la vida y la muerte siguen su curso natural y que todo tiene su valor, y que nada se desperdicia, y que cuando algo muere es para que otra cosa tenga vida. Anoche las estrellas iluminaban las agujas de los pinos en Gardeny, y el viento se paseaba libre por entre los árboles, y la vida se preparaba para dormir durante el invierno. Allá abajo, en las calles iluminadas por las farolas, la gente corría de acá para allá como si el tiempo se acabara. Los neones no les dejan ver las estrellas. Viven en un mundo de artificio del que nunca podrán escapar.     

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